Entonces me provoco escribir.
Desde hace algún tiempo he venido en un ahorro obligado de palabras, he venido acumulando las historias porque así me lo dispuso el tiempo y no es un acto de celibato de letras, ha sido más bien cuestión de atrapar la musa y sentarme con calma a desenredar las tonterías que atrapa la punta de mi cabello.
No sé bien si culpar a la constante lluvia que interrumpe mis rutinas obligándome a brincar en charcos salvando anfibios apasionados, porque sin duda alguna el complejo de princesa encantada lo llevo, como cualquier otra chica, la cosa es que gracias a mi suerte nunca es príncipe, siempre es un sapo o rana en su defecto.
Siendo así una jugarreta del destino, mi bendito imán de caer en trampas turísticas se ha convertido en adicción, fémina compulsiva bajo el extraño encanto de aquel que no tiene lógica, carece de sentido y algunas veces hasta de intermedios. No sé si bien si se trata de algún patrón y mi patología es el sueño efímero del psicoanálisis pero así soy yo, una teoría que ha tenido un sinfín de prácticas sin veredicto definitivo. No es que me acongoje de mi situación, porque sé bien que no soy la única, quizás habrá alguien que lea esto y se apunte con el dedo índice el pecho.
Es un excéntrico oleaje de acontecimientos que aun no termino de entender, bien sea la ausencia de la boca besada que hasta a veces sin preámbulo regalo, es quizás las ansias de compartir una conversación que fluya ligera como brisa, es un poco de sentir el pecho enmarañado en un abrazo, es mirar el espacio vacío de sombras a contraluz ver las formas y figuras. Esta tercera década tiene un tumbado complicado, pero se aprende a bailar con sabor y se acoplan las caderas a las nuevas cadencias.
Seguiré entonces con las botas rojas brincando de charco en charco esperando no salpicar, encontrarme un batracio con cordura, mientras tanto, bato la melena y triunfo.
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